14 septiembre 2012

Agosto


Necesitamos escapar de la presión. Desconectar y salir de los espacios en que habitualmente se mueven nuestros pasos. Volver a los paisajes de la infancia, donde la felicidad y la ilusión iban de la mano.  Recordar que la tierra es una madre hermosa y buena, siempre necesaria y siempre paciente y generosa.






La mies está granada. La cosecha está cerca. La carretilla está colmada de todo lo mejor para llevar a la familia. Cuando piensas en ellos, el trabajo puede abarcar jornadas de sol a sol, pero nadie se queja. Los sombreros y las travesuras eran para el verano. Cantaban los ejes, las  abejas, los enamorados. Hasta la luna sacaba su pandereta para alegrar la vida y estirar las horas, las confidencias, las celebraciones y las risas.





Para quienes nacimos en un pueblo, este paisaje está lleno de recuerdos y nostalgia. Agosto era un mes de reencuentros y cariño, hasta que surcamos  el horizonte y descubrimos que la tierra  estaba llena de vida también al otro lado de las montañas circundantes.

Recuerdo, especialmente, la fruta tentadora, más sabrosa cuando era de los huertos vecinos. ¡Cómo nos las ingeniábamos para inventar juegos, artimañas y trucos para poder probarlas! La sonrisa que me trae el recuerdo, como  la campanilla de Paulov, me hace la boca agua! ¡Qué pasada!