10 septiembre 2017

En las pequeñas cosas, un aliento...





No es que pase nadie, pero pasa.














No es que se oiga el silencio, que se oye.
















Es el aliento de algo que se mueve
por las cosas sencillas y las horas.

















No es el engranaje del reloj, es más sutil.
Es aroma de un perfume, que respira.















Es transparencia o fuego o luz
que está en el agua y en ella se refleja
y se mueve y vemos en la estrella
y en los ojos que nos miran.












No es el vacío, porque ¿cómo podrían sonar
la campana, la flauta, el ave que canta,
el coro entero o la voz de un niño,
si no existiera ese aliento
que es mucho más que el aire,
en el ala del ave,
y en el corazón de la madre?







Cómo podríamos ver la paz y los colores,
si no encontraran su reflejo
en los espacios puros del alma,
con ventanas a la brisa infinita,
donde deja su latido tan inconfundible
que se siente casi al alcance de todos...
y al atraparlo, con un hilo y una aguja,
o un pincel, huye, no se abarca.
¿Estuvo con nosotros?










La vida diaria es el aliento
en las pequeñas cosas,
que vemos, nos cautiva,
y al ser pequeñas,
nos creemos capaces de realizar.