Llega un día, y descubres que hay algo que hace hermanas las almas y las rosas, los cristales del agua y las palabras, la música y los atardeceres, la vida y los instantes que hacen innecesarios los relojes.
Llega un día, en que dejas de buscar en la montaña, te sientas junto al mar, y las olas te besan los pies como un perrillo manso y fiel al que has acariciado con ternura.
Llega un día, en que te quedas bajo las estrellas, cuando se han ido los ruidos, las imágenes, los sueños y descubres que junto a ti están, los que estuvieron siempre, los que han querido estar, a quienes quieres y más que familia y amigos son parte de ti mismo.
Llega un día, en que abres la ventana de la vida, y con sorpresa, contemplas solo seres que caminan en pos de su destino, humanos, cada uno con sus botas o zapatos, algunos van descalzos pero no les importa porque van jugando, son los niños.
Llega un día, que tus hobbies se reducen a lo que siempre han sido, hacer lo que tienes que hacer, vivir, seguir amando, entrelazar palabras amables que conecten corazones y dejar que cada uno sea feliz a su manera.
Llega un día, en que los proyectos de trabajo siguen, pero comienzas a sentirte también a gusto sin hacer nada, contigo mismo, rimando tus íntimos latidos, poniendo en paz tus sentimientos y sientes que además de bienestar, es salud.
Llega un día, que contemplando los juegos, la risa, los descubrimientos, la alegría y ocurrencias de los nietos, sientes que te llenan el alma de ternura y sabes que en tu interior los has abrazado para siempre.
